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¿Hasta dónde llegaría ese gobierno en su fervor religioso? Era la preocupación de las logias masónicas, que comenzaron a planear su exterminio.
García Moreno iba a comenzar su tercer período Presidencial, cuando le sorprendió la muerte de la manera más trágica. El 6 de agosto de 1875 salió de la casa de sus padres políticos para llevar su Mensaje a la Imprenta y para concurrir a una sesión del Consejo del Estado.
Los asesinos acechaban sus pasos desde la mañana y se apostaron en la calle de la Compañía y el atrio del Palacio fue así que El día 6 de agosto de 1875 García Moreno, como era habitual, entró en la iglesia del Sagrario para hacer una visita al Santísimo Sacramento antes de ir al palacio presidencial. Vinieron a avisarle que alguien precisaba hablar con él urgentemente. Cuando subía las escaleras del palacio un sujeto llamado Rayo gritando “muerte al tirano” lo hirió en la nuca con un machete y casi le cortó los brazos con los que procuraba protegerse, mientras tres cómplices le disparaban al pecho. García Moreno, moribundo, fue arrojado en la plaza donde Rayo le asestó varias cuchilladas en la cabeza. Mientras agonizaba consiguió mojar el dedo en su propia sangre y escribir en el suelo “Dios no muere”.
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Durante la noche del 9 de agosto de 1809, un núcleo de intelectuales, doctores, marqueses y criollos complotados residentes en la ciudad de Quito se reunieron en la casa de Manuela Cañizares. Allí decidieron organizar una Junta Soberana de Gobierno, en la que actuaría como Presidente Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, como Vicepresidente el Obispo José Cuero y Caicedo y como Secretarios de Estado, en los Despachos del Interior, de Gracia y Justicia y de Hacienda, los notables Juan de Dios Morales, Manuel Quiroga y Juan Larrea, respectivamente.
En la mañana siguiente, el día 10 de agosto, Antonio Ante se encargó de presentar, ante el Presidente de la Real Audiencia, Manuel Urriez, Conde Ruiz de Castilla, el oficio mediante al cual se le daba a conocer que había cesado en sus funciones y que el gobierno lo asumía la Junta Soberana de Quito. Al mismo tiempo,
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El 25 de Octubre de 1809, tras 12 días de encargo del poder, el Conde de Selva Florida entregó de manera oficial la presidencia de la Audiencia de Quito al Conde Ruiz de Castilla, quien la había administrado antes de la revuelta independentista.
Instalado nuevamente en el poder, y a pesar de haberse comprometido a no tomar represalias, Ruiz de Castilla traicionó su palabra y desató una feroz persecución en contra de quienes habían participado en la revolución del 10 de agosto de 1809, capturando a un gran número de ellos y encerrándolos en los calabozos del Cuartel Real de Lima, en Quito. Al mismo tiempo, y para completar su traición, hizo promulgar la advertencia de que se aplicaría la pena de muerte a todo aquel que, conociendo el paradero de algún insurgente, no lo denunciara.
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La noche del 24 de julio de 1783, nacía en Caracas- Venezuela, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, hijo legítimo de Juan Vicente Bolívar y doña María Concepción Palacios. Recibió las aguas bautismales, siendo su padrino el Dr. Juan Félix Jerez y Aristeguienta, quien en un arranque de emoción y profunda psicología, anunció que había nacido para la Historia de América otro "MACABEO", para dar la libertad a su pueblo.
Entre sus maestros se destacó el sabio profesor Simón Rodríguez, compañero de Humboldt y Bonpland, el padre Andújal y los ilustres pedagogos Negrete, Guillermo Pelgrón y Andrés Bello. Principalmente se engendró en su ánimo y se fraguó en su corazón el ideal de igualdad y libertad, como una verdadera primicia y síntesis de enseñanza de estos proficuos maestros, enfáticamente hicieron garra en la personalidad de Simón Bolívar, las enseñanzas de Simón Rodríguez, quien dejó la huella imborrable de la lucha por la libertad.
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Entre las batallas de Simón Bolívar, encontramos la del 17 de julio de 1823, que se le conoce en la Historia como la BATALLA DE IBARRA. En sus luchas, Bolívar se alentó e impulsó con un solo ideal: LA UNIDAD AMERICANA. Fue un hombre afortunado en las guerras ya que poseía un talento asombroso, de voluntad extraordinaria y de genio fascinante. Ya lo dijo Enrique Rodó: "Sus campañas son embestidas, como gigantescas oleadas, que alteran el ritmo desigual con tumbos y rechazos no menos violentos y espantables, entonces la victoria persiste y crece, y se propaga como las aguas de la inundación y del Nudo de los Andes , cada batalla es un jalón de victoria". Y esto es evidente en la Batalla de Ibarra, cuando Bolívar encontrándose en el Litoral, sabedor de las pretensiones del coronel Agustín Agualongo, desde allí acudió presuroso, de inmediato organizó las fuerzas de choque contra los invasores, con voluntarios de Quito e Imbabura, llenando de emoción y gratitud el corazón del Libertador que enardecido expresó para arengarles:" Quiteños, he visto vuestra magnánima consagración a la causa de Colombia y vuestro patriotismo ha pasmado mi corazón al contemplar tanto desprendimiento de vuestra parte." Yo os ofrezco por mis compañeros de armas esta próxima victoria”.
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